Cuando pareciera que los hermanos nos han abandonado.

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Dedico este post a los hermanos que están iniciando su carrera en la fe.

Cuando iniciamos nuestra carrera como creyentes en Jesucristo, seguramente tuvimos a nuestro lado un mentor, ese hermano o hermana que nos visitó constante e incansablemente durante los primeros días de nuestra conversión; lo hizo para ayudarnos a afirmar nuestra fe en este nuevo camino; estuvo con nosotros, y hasta pasó por alto nuestras ingenuidades como si no se diera cuenta.

Seguramente el tener tan cerca a alguien de la iglesia nos hizo sentirnos amados, mimados e importantes, y eso nos ayudó a creer que habíamos tomado la decisión correcta, y que mantenernos firmes en nuestra decisión de creer en Cristo no sería tan difícil.

Pero, conforme el tiempo fue transcurriendo, poco a poco fuimos experimentando un relativo distanciamiento de parte de esos hermanos; un alejamiento cada vez mayor: Dejaron de visitarnos, y hasta cierto punto fue perceptible la indiferencia hacia nosotros de como nos trataron antes, los mimos terminaron! Claro, habían cumplido con la misión pastoral encomendada de asistirnos y prepararnos para el siguiente paso: El bautismo en agua.

Lo que al principio parecía color de rosa, gozo y todo amor, ahora parecía que nos iban dejando solos; pero, no que nos hubieran abandonado, sino que ahora debían alejarse para que aprendiéramos a caminar por nuestra propia convicción. Ya no habían tantas consideraciones, teníamos que pasar de la leche al alimento sólido: ¡El servicio y la evangelización!

Y es que, recién salíamos de un mundo carente de valores, de poco afecto y podría decirse que falto de amor. De un mundo donde pocas veces nos tratan tan bien como lo habían hecho los hermanos cuando llegamos a la iglesia. Debo agregar que a muchos de nosotros, lo agitado de la vida no nos permitió disfrutar de un círculo de amigos tan estrecho y de confianza, libre de prejuicios, que nos acogiera y aceptara como éramos: malos e indiferentes a las cosas de Dios. Los Hijos de Dios, comprados con la sangre Del Cordero, y que ahora eran nuestros hermanos en la fe ¡lo habían logrado!

Pero... Conforme el tiempo seguía transcurriendo el desencanto era mayor, comenzamos a observar en la conducta de los que antes eran nuestros heraldos, comportamientos que no encajaban con el concepto que hasta entonces nos habíamos formado acerca de los evangélicos; aquellos que nos habían tratado con tanto amor e irradiaban la presencia misma de Cristo tenían celos por privilegios, enojos, caprichos y contiendas aún en el círculo de los servidores y hasta de los pastores; aquellas escenas seguramente nos trajeron la más grande desilusión, el mayor fiasco que uno se puede llevar en la vida. Todo el trato que habíamos recibido antes parecía un montaje, una apariencia, una falacia para atraer más miembros a la iglesia, una burbuja que se desvanecía ante nosotros: Los evangélicos no son lo que parecían ser.

¿Y ahora qué?

Esa es la pregunta que muchos se hacen. Algunos, lastimosamente no echaron raíces o no experimentaron la regeneración o nuevo nacimiento desde los primeros pasos, por falta de sinceridad hacia Dios y consigo mismos, o porque pensaron que el camino del evangelio es un camino de rosas sin espinas, y que siempre serían tratados con ternura, tal vez. Se quedaron sólo a recibir, sin darse cuenta de su gran necesidad ante Dios; pues, ante Él todos somos ovejas necesitadas, esa es la razón por la cual muchos se vuelven atrás, no maduraron nunca.

Ahora es cuando, la necesidad de una búsqueda personal con Dios se vuelve indispensable, es la única salida para crecer, para mantenernos firmes, para no desmayar; después de todo, aquellos hermanos que un día nos cuidaron también son ovejas y tienen sus luchas y problemas que afrontar y superar igual que nosotros.

Por lo grande de muchas congregaciones, hoy en día el pastor no alcanza a asistir a todas sus ovejas como quisiéramos o como debería; por lo tanto, la dependencia de Dios y el devocional por cuenta propia es lo que nos ayudará a mantener la mirada hacia el cielo, pues en la carrera hacia la patria celestial no hay retroceso.

Cristo dijo: "Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios." Lucas 9:62 RV60

Pero, no estamos sólos.

Aparentemente nos dejaron sólos, pero no es así, ahora comienza una etapa mejor. Los hermanos ya nos enseñaron a caminar los primeros pasos y a confiar en Dios hasta dar el paso de bautizarnos en agua, y lo hicieron lo mejor que pudieron, pero ahora necesitamos depender de Dios, será Él quien nos ayudará a crecer.

En esta etapa, para los que hemos experimentado el nuevo nacimiento, es cuando más experimentaremos aflicciones, batallas, dudas y temores, pero también gran gozo por las manifestaciones sobrenaturales de Dios; ahora clamaremos a Dios por cuenta nuestra y El Señor va a contestar nuestras peticiones más que nunca, lo hará para que aprendamos a confiar en la realidad de Su Presencia; pues a estas alturas los hermanos ya nos enseñaron a orar y a valorar la lectura de las Escrituras y congregarnos.

Aquí es donde muchos cristianos reciben respuesta aún a sus peticiones poco sabias, y muchas de ellas no es que vayan conforme a Su voluntad; pero Dios las contesta favorablemente para forjarnos carácter y darse a conocer a nuestras vidas como el Dios de ayer, hoy y siempre. Dios nos contesta para que creamos que Él es real y está a nuestro lado, y por ello se deja sentir más que nunca en nuestras vidas. Es una de las etapas más lindas del creyente.

Recuerde: Cuando parezca que estamos solos, no es que los hermanos nos hayan abandonado; es porque ellos también están en sus propias luchas para seguir en este camino de la fe.

Un día a Cristo lo abandonaron todos sus amigos justo en los momentos más difíciles para Él en el huerto, cuando Judas lo entregaba. Pero nunca estuvo sólo, Su Padre siempre estuvo con Él, y algo importante: Cristo nunca se llenó de resentimiento hacia sus discípulos, tampoco les reprochó cuando se les apareció resucitado.

Nunca estaremos solos, Dios que es fiel a Su Palabra ha dejado esa promesa, y aunque no siempre podremos sentir Su presencia, lo cierto es que siempre estará a nuestro lado para ayudarnos en los momentos más difíciles, cuando más lo necesitemos. Sigamos adelante y recordemos la promesa que nos hizo antes de irse:

Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén. Mateo 28:19-20 RV60. Mire qué linda promesa ¿no lo cree?

Pase lindo día, y que Dios le bendiga.
http://stanleygomez.blogspot.com

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