Creyentes que no creen ¡qué paradoja! ¡qué contradicción!

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Creyentes que no creen, imagen de un ciego siendo guiado por un cristiano. Caricatura El Árbol Verde en Grupo Edíficate.
¿Le parece contradictorio el título de esta nota? sin duda que sí, pero igual es la verdad que deseo ilustrar con ella.

El siguiente es un diálogo que tuve con un ciego mientras volvía a casa de mi jornada de trabajo. Lo traigo para fortalecer su fé, o le ayude a descubrir por qué Dios aún no le ha hecho su milagro.


De camino a casa tuve la oportunidad de encontrarme con un ciego, que apoyado en su bastón, intentaba llegar a la siguiente parada de autobuses para abordar el que lo llevaría a su destino.

Al darme cuenta que llevábamos el mismo rumbo, me acerqué a él para brindarle una mano. Mientras caminábamos, aproveché para abordarle el tema de su enfermedad en la vista:

    —¿Se dirige usted hacia la terminal? —le pregunté.

    —Sí, —me contestó.

    —A ver, apóyese en mi hombro, pues llevamos la misma ruta, —le dije.

    —Tengo una curiosidad respecto de su problema con la vista, ¿su ceguera es de nacimiento o a causa de alguna enfermedad? —pregunté ansioso.

    Me sonrió y me dijo:

    —Fue un accidente que tuve cuando era niño, —me contestó—. Resulta que me caí y así fue como se dañó mi ojo. Al llevarme al hospital, el doctor me sacó el ojo equivocado; y cuando fue cuestionado por mi familia del por qué me sacó el ojo bueno, y el dañado sólo lo había operado, el doctor dijo que la enfermedad se había pasado al otro ojo. Un argumento fuera de lógica, ya que mi caso había sido por accidente, y no por enfermedad contagiosa.

    —¡Cuánto lo lamento! —le dije—. ¿Alguna vez han orado por usted o asistido a alguna campaña evangelística de milagros para que Dios le devuelva la vista? —continué.

    —Sí, varias veces han orado por mí, y una vez fui a una campaña evangelística en el estadio, porque iba a venir un hermano que Dios lo usa mucho y hay sanidades.

    —¿Y qué pasó con el milagro? —insistí.

    —Pues, pasé al frente pero no pasó nada, sólo Dios sabe si me lo va a dar y cuándo me lo va a dar —me dijo aquel desdichado hombre en tono triste.

    —¿Y después, ya no han vuelto a orar por usted? —volví a preguntar.

    —Sí, han orado varias personas; pero lo que pasa hermano, que lo mío es más difícil porque es un ojo el que me falta —afirmó con sonrisa suspicaz, casi confesando su falta de fe siendo él creyente. Y continuó reflexivo:

    —Pero para Dios no hay nada imposible ¿verdad?, sé que si Dios quiere me puede hacer brotar un nuevo ojo, —continuó.

    Yo, pues, como todo entrevistador, proseguí mi interrogatorio; no quería dejar pasar aquella oportunidad para saber qué pensaba este creyente acerca del poder de Dios, y su milagro. Así que le hice una pregunta más:

    —¿Y cuál cree usted que es la razón por la que Dios no le ha hecho el milagro?

    Hizo pausa, y reflexionó en tono triste:

    —Honestamente hermano, creo que es por mi duda, por mi falta de fe me es más fácil acudir a los medicamentos. Creo que me he acomodado a la medicina.

Sentí que por fin, este hombre había logrado expresar de lo más profundo de su corazón el origen del problema: Su falta de fe. Había confesado que, siendo él un creyente en Jesucristo, dudaba de recibir su milagro por tratarse de una pieza completa que faltaba en su cuerpo: un ojo.

Sin duda, le era más fácil creer que Dios podía sanar gripes, dolores de cabeza, fiebres o cualquier otra enfermedad ligera; pero dudaba que Dios fuera capaz de crear la pieza nueva en su cuerpo. A lo mejor sí creía que Dios hace tales portentos, pero a los hombres de La Biblia, o a otras personas que ha visto u oído por la televisión, pero no a él.

Estimado lector:

¿Es este su caso? El Dios de los cristianos, que creó los cielos y la tierra desea que viva sin enfermedad (Is 53:5). Él envió a Su Hijo Jesucristo para morir por los pecados de todos; para que por medio de la fe en Él, recibamos vida y salud en abundancia.

Pero es necesario creerle de todo corazón, porque nada hay imposible para Él (Lc 1:37). Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan (Heb 11:6).

La duda anula cualquier esfuerzo o buena intención, como también le pasó al apóstol Pedro en Mateo 14:30.

Créale a Dios con todo su corazón, es decir, sin dudar, y será inmensamente bendecido. Amén.

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